Morning..

Crecí en las casas de las abuelas, una vive en la Aduana y otra vivía en la Márquez de León. Las dos en la punta de un cerro, las dos con ventanas que daban al mar.

Obviamente, con la materna, la de la Aduana, podía oler la brisa del mar, con la paterna, la de Márquez de León, sentía al pasar de los años cómo el zumbido de la ciudad se hacía más notorio, más difícil de ignorar.

Recuerdo esa mancha de agua que se miraba al fondo, crecí viéndola todos los días.

Irónicamente, trabajé al lado del mar por once años, y fue cuando menos lo aprecié, fueron pocas las veces por las que caminé por un andador disfrutando de verdad el reflejo del sol en el agua con ese olor a sal.

Las veces que he viajado a esos lugares que nos bañados por el mar, siempre he terminado extrañando esa alfombra inquieta, esa lengua de Sol que siempre apunta a mí.

Algunas veces he estado embarcado, y recuerdo ver las islas como imperfecciones en el agua, como granos en la piel. Y al volver a tierra, sentir cómo me tragaban las calles, los edificios, separándome de ese suelo móvil.

Hoy fui consciente de ese hecho otra vez, y me agrada.

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