Hoy me senté a comer solo.

mayo 31, 2013

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Como otras veces, extendí mi tenedor, cuchillo y me dispuse a darme ese placer que cada uno experimenta de forma singular. Asimilar el exterior del mundo y hacerlo mi combustible, es un instinto que, como el más arraigado de nuestros instintos, si no funcionara, no estaríamos aquí. Comer es primordial.

Más que dormir, más que volar, vaya, más que el sexo, comer ha sido siempre uno de los placeres que disfruto de forma muy especial, aunque sea algo que hago, por fortuna, más de una vez todos los días (salvo contadas excepciones), no termino de maravillarme con las texturas, aromas y temperaturas de la comida en cuestión, cada comida es un suceso en la boca. Me siento como Remi de Ratatouille. Mi cinturón da cuenta de ello.

He comido en aviones en el aire, en camiones en movimiento, en barcos fondeados, en puestos de hot dogs debajo de un puente, en lugares donde no se debe, en el carro manejando, codo a codo con otro hambreado en mesas de 50 personas, enrollado en una cobija sin más esfuerzo que mover la mandíbula, en bares, en lugares donde no te atienden sin corbata, hasta sentado a la orilla de algún camino.

Cada que tengo la oportunidad de conocer otros lugares, más que la camiseta pedorra, o el llaverito que termina en un cajón olvidado, me traigo un sabor que desconocía antes de llegar allá, regreso invadido de aromas y sabores nuevos, y al final, prefiero que esos sean parte primordial de mi experiencia de vida que otras cosas prácticas y banales, como que si le pisas la cola al perro este te muerde, o el saber que si no pago la luz a tiempo me la cortan.

Yo quiero coleccionar sabores y aromas, ¿y saben qué? Me he vuelto muy bueno en ello.

Contrario a lo que dicen los doctores, comer no tiene hora, yo lo hecho a medianoche, de madrugada, en pleno rayo del Sol, y alguna vez descubrí el amanecer mientras me echaba algo para el desempance o mientras aprovechaba para no andar con el estómago vacío a sabiendas que me esperaba un largo día.

Dicen que el alimento nutre el cuerpo, y la charla entre iguales, el espíritu, es en la sobremesa donde en verdad conoces a tus compañeros comensales, aprendes de sus manías, de la atención al pasarte una servilleta, hasta de los ruidos que hacen al meterse el bocado, es como una radiografía para el que puede ver, de cómo se educó cierta persona, cómo lo trataban en su casa de niño, o cómo lo mandaron a trabajar ese día. Vaya, hasta los chismes más sabrosos se cuentan a la hora de comer.

Obviamente, no todas las comidas son iguales, independientemente que los afortunados nos demos desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena, no es igual compartir unos diplomáticos tacos entre camaradas, una carne asada con los padres, la cena de fin de año cuando hay que aguantarse el discurso del jefe, el desayuno diario con los hijos, quienes sin que nadie se dé cuenta, absorben cada manía y detalle paterno, como esponjas, o esa comida junto a esa persona con la que andamos quedando bien y hay qué lucir las finas maneras.

Honestamente, yo no confiaría en alguien que abiertamente odie la comida, no por el hecho de que proyecte sus complejos de gordo, sino porque siendo algo tan natural, qué más da el que nos sentemos a disfrutarlo. Es decir, nadie dice que odia el dormir, o el reír.

Aunque.. hay cosas que hacemos sentados también, que es mejor hacerlas solo, como el entronarse leyendo un periódico. Y esas, aunque lo niegue todo el mundo, bien hechas, son un verdadero placer, ¿a poco no?

Hoy, por azares del día, me tocó comer solo.

Y no fue porque los de producción no le hablan a los de maquila, o los del muelle no se llevan con los de Contabilidad, no. Después de conocer tanta gente, me ha llegado a valer el título del que come junto a mí, si su comida es preparada en casa o comprada, si es carne o frijoles. Conque no hable con la boca llena, ni de futbol, ni de política, siempre es alguien con quien disfrutaría compartir algunas charras al momento de sentarse a comer.

No es un contrato social, es la vida misma recordándonos quién manda, los remedos de solemnidad los impusimos nosotros.

Bueno, hoy, simplemente, me encontré frente a un comedor vacío mientras todo el mundo trabajaba en sus lugares, así que me dispuse a adueñarme de mi sitio, es verdad, cuando comes solo te das licencias, comes bocados más grandes, masticas a diferente ritmo, tienes todas las servilletas del mundo a tu alcance.

Pero llega ese momento, en donde no externas un pensamiento, donde la idea que te acaba de ocurrir no sale de tu boca porque no hay nadie que te haga eco.

Simplemente, estás solo.

Y antes de empezar a batallar con pendientes y anticipar el regreso a la oficina, antes de amargarme la comida pensando en lo que costó, pensé: ¿qué es esto tan necesario?

Desde que empecé a ganar dinero, lo medía en lo que podía comprar para comérmelo, ya fueran chuchulucos, sodas, invitarle a alguien ese coctel de fruta que me encanta, pero en el fondo, siempre supe que comer, más que un placer de dioses, es una forma de comunión con los demás.

“No estás solo”, dice el político en campaña, o el terapeuta en la línea de suicidas. Pero nada de esto tiene tanto sentido como el masticar ese bocado que alguien, o uno mismo, preparó, cocinó y puso en un plato, porque muchas personas hicieron su parte para cumplir con un objetivo, directa o indirectamente relacionado al momento en el que ese recipiente y yo coincidimos en esa mesa.

Si somos lo que comemos, ¿qué soy yo en ese momento? ¿Qué seré mañana?

En ese momento, me sentí humilde, pequeño, parte de algo más grande que, espero algún día, si no comprenderlo, conocerlo al menos. Recordé a muchas personas con las que he compartido mesa, sillas y momentos.

Incluso, hice cuenta de varias personas con las que me gustaría sentarme a comer, otras más con las que nunca lo he hecho.

Y mientras trataba de convencerme en las trabas que darían el tiempo, la distancia y las formas para ello, una voz interior me decía: estás condicionándote el moler y llenar de bacterias y ácido un alimento que les servirá para lo mismo.

A veces opino que pienso con el estómago. 


No es otra acostumbrada queja de inicio de año por la Tenencia

mayo 22, 2013

Disclaimer: Esta es la columna de Usos y Costumbres que apareció en el ejemplar de enero de la revista Reportaje.

¿Alguno de ustedes, gentiles lectores, sabe dónde y a qué hora la señora Lolita Ayala toma sus alimentos? Me gustaría hablarle de hemorroides y tripas supurantes mientras come.

Se fue Calderón y de su promesa para abrogar el impuesto sobre la tenencia vehicular, sólo nos queda la lona de campaña con su sonriente faz, y el saber que ahora los vehículos con valor mayor a 250,000 pesos ya son sujetos a ella.

La historia de la génesis de dicho impuesto es harto conocida, y no es misterio que dada su naturaleza puramente recaudatoria, se haya perpetuado. Por lo cual, buscando la conciliación, el punto medio pues, para que el caudal monetario no se corte de tajo, no asfixiar a nuestro gobierno, y lograr que el contribuyente siga aportando gustosamente, propongo lo siguiente a cambio de derogar la tenencia:

Placas Personalizadas

Así es, dado que el contribuyente no puede escapar del hecho de que invariablemente debe aportar el impuesto que le permita gozar de sus derechos de tránsito, y el gobierno a su vez debe seguir haciendo eso que hacen los gobiernos (cobrar). Esta solución me parece, no sólo creativa, sino atractiva comercialmente hablando.

Me explico, digamos que usted es dueño de una flotilla de vehículos repartidores, o dueño de varios taxis o camiones de transporte público (bien, estos últimos no, quedémonos en camiones repartidores), y le interesa que dichos camiones sean identificados no sólo con un número económico interno, sino para agilizar también trámites de reemplacamiento, de aseguradoras, etc. Qué mejor que poder contar con placas oficiales que recen algo como PLACA01, PLACA02 y así sucesivamente.

Ahora también, usted acaba de comprar un auto, ya sea de agencia o de segunda mano, y quiere que no sólo el auto refleje que usted tiene identidad, poderío y un pincel que raya de todo, y no le basta con esos spóilers color verde pistache y esas calcomanías de manzanas mordidas, sino que se necesita dar un paso más allá, dándole identidad al vehículo, que las calles conozcan su nombre, así que en vez de ponerle una pegatina genérica y del montón que diga AN-01-666 le procura una identificación única y legal que diga JUANCHO.

Y si soy de esas empresas que gustan donar al Teletón, qué mejor que asegurarme que la flotilla de Sabrolino no use placas de Dulces Maguito, pagando los correspondientes derechos ante la autoridad.

Pero, pasan los años, y la flotilla original envejece, y hay que sustituir el parque vehicular, igualmente, JUANCHO ya sentó cabeza y ahora necesita portar la identidad a un vehículo con cuatro puertas y espacio para portabebés. Para esto, hacen su gestión ante la autoridad correspondiente, donde migran las placas a vehículos nuevos mientras se dan de baja los antiguos, acreditados con el mismo propietario respectivamente.

La palabra clave: Derechos, esta modalidad no es gratis, conlleva costos de producción, manejo y administración, para lo cual, después de un estudio de factibilidad, posicionamiento, y por qué no, de mercadeo, el gobierno podría implementarla.

De la misma forma, serviría para identificar más fácilmente esos camionetones que gustan de utilizar nuestras autoridades, como es común encontrar vehículos oficiales en albercas, o en malls del vecino país un domingo cualquiera, y las calcomanías actuales de acrónimos crípticos son fáciles de esconder. Pero que no sepan las autoridades que esto nos sirve a los ciudadanos para identificarlos más fácil.

Sin embargo, esta modalidad por sí sola no resuelve el problema de fondo, que es la falta de recaudación. Esta no se debe a que no haya el suficiente padrón vehicular que sustente el insaciable aparato burocrático, el problema de fondo es que las autoridades le cargan la mano al que cumple, sin exigirle al que no cumple. Hay vehículos con placas extranjeras vencidas que circulan impunemente.

Yo preferiría pagar adicional para tener mis placas únicas que tener qué pagar tarifas extra por derecho a poseer un vehículo que yo estoy pagando, porque a final de cuentas, ¿pagar por el derecho de tener algo que compré con mi dinero? ¿Dónde estamos? ¿China?